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Comían los gauchos donde los encontraba el hambre: mataban una vaca, asaban a las brasas la parte más sabrosa de su carne, y dejaban el resto para alimento de los perros y los pájaros. Hasta principios del siglo XX, cualquiera que tuviera hambre en la Pampa Argentina, estaba autorizado a matar una vaca. Sólo se le exigía que dejara tendido al sol su cuero, la única parte que se valoraba del animal en una tierra de abundancia.
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